Muchas veces nos acercamos
al fuego y de cerca, apreciamos los colores que lo conforman, su destello
desprende ondas de calor que nos alcanzan y nos hacen sentir apacibles, nos
gusta su danzar y cómo las llamas aumentan y disminuyen frente a nuestros ojos,
la realidad es que justo en ese momento es donde olvidamos por completo, su
peligrosidad. Es hasta que una pequeña chispa salta del centro de la fogata y
cae sobre nuestra piel que recordamos el dolor que éste es capaz de generar, si
bien nos va, sólo nos quedará un pequeña marca mientras sana la quemadura, sin
embargo, una chispa en la tela inadecuada y con viento que la propague son los
ingredientes suficientes para crear un incendio.
Guardar nuestro corazón por
encima de todo nos permitirá como jóvenes alejarnos de cosas que se muestran
atractivas a la distancia, pero que por nuestra inexperiencia ó por nuestro
exceso de soberbia no somos capaces de dimensionar sobre su peligrosidad.
Si guardamos nuestro corazón
por encima de todo y lo mantenemos en un lugar seguro, tu probabilidad de
incendiarte se reducirá significativamente, y entenderás que de “él mana la vida” cuando compruebes lo
dulce que es Dios y lo claro que es a nuestra vida si le seguimos.
Alejarse del fuego no es tan difícil cuando eres firme y estas
convencido que más que por el compromiso humano, tu quieres alejarte de él por
lo peligroso que resultará para ti, y si llenas tu corazón de pensamientos
atractivos (música, actividades, deporte, lectura, convivencia, proyectos,
aprender cosas nuevas como: cocinar, o tocar un instrumento, tomar
fotografía o ir a un gimnasio,
etc.) y sabrás que a pesar que esa fogata este encendida ahí, tu corazón y tus
convicciones son tan firmes que desde lejos preferirás mantener a salvo tu
corazón.

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